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“Cuando advertí que chiflaba / un pito particular / ya se dentró alborotar / mi pingo y toda la gente / porque ¡Cristo! Redepente / nos salió de un corralón / negro y grande un carretón / enllenao de agua caliente.”
“A través de las ventanas / veo cachorros de naranjú / madrecitas de veintipico / fumando melbour con musculosas turquesas / mientras caminan crías / del cole a casa.”

Probablemente sean éstos los primeros y los últimos versos alumbrados entre las máquinas de la primera línea del ferrocarril argentino y que atraviesa hoy parte del oeste de la Capital Federal hacia el Gran Buenos Aires. Así, desde la primera estrofa de la Payada al Ferro-Carril escrita por Estanislao del Campo con la voz de Anastasio el Pollo hasta los últimos versos de Madrecitas de veintipico de Hernán, aquel payador y este poeta trazan un ramal estético, por tanto histórico, entre 1857 y 2005; entre la ficción y la realidad. Aquel payador fue testigo del origen del universo ferroviario argentino conformado rápidamente entre estaciones medias y terminales, estruendos sobre vistas silenciosas, sirenas, viajes al interior y trenes hacia afuera. Del Campo se disimula tras el Pollo, gaucho que dice sobre tierra firme, viaja a caballo y calcula en Credos el tiempo de un viaje en tren a Flores. Pero la multitud, los paisajes y los perfumes nunca son iguales en los extremos; Del Campo habla con una voz usurpada, Hernán arriesga su propia palabra, ese payador nunca existió, el poeta vive. Hernán nació en la Capital Federal un sábado de carnaval; territorio de tiempo donde convergen otras dos terminales: vida y arte. En carnaval todo sitio deviene escenario y cada individuo puede viajar de sí mismo hacia afuera tan lejos como su antojo lo permita. En toda la obra de Hernán - 19 (1994), Pan (1995), Nortes (1997), Verbonautas. Acción poética (Libros del Rojas - Eudeba / 1999) Trenes hacia afuera (Colección Orbital / 2001) y El día látero (2003) – incluido este Madrecitas de veintipico, se transforma en trágico a todo sujeto y en escenario poético a todo sitio. Si bien los poemas de Hernán no pueden encerrarse en carnavales perpetuos entre terminales y vagones, su voz parece ser enunciada al ritmo de este tránsito, entre vaivenes pendulares y estados de reposo tras desplazamientos agobiantes; como en los buenos relatos de un viajero capaz de desentrañar el pulso del paisaje y de sus cosas.

Gabo Ferro

 

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